miércoles, febrero 24, 2010

Y en el 2040...


La pregunta de Abril lo hizo entrar en una especie de trance.

Automáticamente, se levantó y entró al living. Dejó el ventanal abierto. No le importaba que se llenara de mosquitos. Dio un par de vueltas al sillón, rascándose la barba, reflexivo, y avanzó hacia el cuarto donde tenía el consultorio, en busca de la cigarrera. Con el brazo a medio estirar, cambió de decisión y tomó uno de los que solía llamar “careta”, cuando era joven. Se habían vuelto inconseguibles, con los años. Después de dos intentos, y de recoger el Zippo plateado (que nunca grabó) caído al suelo, logró encender el que se había llevado a la boca. No le gustaba que lo vean fumar sus hijos, razón por la cual cerró la puerta tras de sí. Al principio, pensó que el humo no lograría pasarle, tal era la opresión que lo asaltó en el pecho.
Se echó en el diván, entrecerró los ojos y comenzó a presionarse en las sienes con el pulgar y el mayor de la mano derecha, en un ritual al que solía entregarse en cada momento de meditación.

En esa ocasión, quería llegar a LA respuesta.
Representaba un verdadero desafío para alguien como él, a quien no podía escapársele nada y siempre debía tener todo bajo control.

Se ubicó en aquellos años, y trató de figurarse cómo era su vida entonces. Y la de ellos. Se avergonzó, un poco. Pero un poco nomás, porque siempre sostuvo que cada quién tiene sus tiempos y a él, respetando los suyos, tan mal no le fue, al final.


Fue para principios del 2010. Sí, estoy seguro, porque ese año salió campeón del mundo Argentina por primera vez con Messi. El del golazo de Palermo a Brasil. Después se vino la seguidilla. ¡¡Cómo jugaba ese equipo, madre mía!! ¡¡Cátedra le dimos a los africanos!!... Bueh, retomo. Qué costumbre que no pude perder nunca, esta de irme por las ramas. Para esa época yo estaba sin trabajar y de vacaciones de la facu. No puedo evocar a cuál de los laburos me había tocado renunciar. ¡Cómo odiaba la rutina! Por suerte, unos años después, entendí que era necesaria para mantenerme en eje. Es otra de las tantas cosas que le debo a ella. Sentí que se me venía el mundo abajo, cuando nos separamos. Decí que somos gente razonable y terminamos bien. ¡Puta madre, que no puedo seguir un hilo! Qué boludo, no me traje el cenicero. Después barro. Ellos estaban un par de pasos adelante. Establecidos en sus trabajos, con parejas estables, bien parados. Y estaban organizando su viaje a Europa…. ¡Eso es! Me voy ubicando, de a poco. Ahí empezó la distancia. Si le preguntara a ellos hoy, seguro que sostienen que fui yo el que se alejó. Ahora bien, después de tantos años, volviendo a hacer por enésima vez el análisis, concluyo que los tres fuimos responsables. Nunca supe qué pensaban ellos. Yo, que persistentemente promulgué el ir de frente y dar la cara siempre con la verdad, que hablando, y con buena predisposición, la gente se entiende. Yo fui un cagón. Digo, ojo, ellos tampoco se dignaron a contactarme. Y mirá que recursos teníamos de sobra. Recién salían esos grandotes, que tenían de todo. No me puedo acordar el nombre, carajo. ¿Blackberry, eran? Creo que sí. Esos y los Iphone. Ocupaban un bolsillo entero, qué incomodidad. Menos mal que con la Revolución se prohibieron esos aparatejos. ¡Qué loca que se puso la gente! Parecía que le estaban quitando su bien más preciado. Afortunadamente, no tardaron en darse cuenta lo mal que les hacía tanta comodidad. Qué manera de fomentar el sedentarismo. Los pibes ya andaban estúpidos, metidos en su mundito en 3D, interactuando nada más que con sus hologramas. Claro, tuvieron que esperar que llegara alguien que realmente se preocupara por la salud y la educación, y que tuviera los huevos suficientes. Y otra vez termino en cualquier lado… ¿Dónde mierda lo apago? No sé si habrá sido el orgullo o la cobardía el principal mal que afectó a nuestra relación. El tema es que nunca supe las razones. Y me resigné a que así querían ellos que fuera. Se buscaron amigos con los que tuvieran más cosas en común. Dejé de jugar en el equipo hasta que ellos se fueran de viaje, porque me resultaría muy incómodo. O porque tenía miedo a sentirme desplazado, para ser más preciso. Después volví, pero ellos no. Aunque con algunos de los muchachos mantuvieron el contacto. Así me iba enterando qué era de sus vidas. Luego empezaron a venir cada vez más jugadores de afuera, hasta que quedamos una minoría de los fundadores del glorioso Oscar Desei. Ahí decidimos cederles el nombre a ese grupo de extraños que nos iba postergando. Convengamos, igual, que nosotros ya nos estábamos poniendo viejos. Pero nos llevamos la mística. Hace unos meses me enteré que no jugaban más. Dale, sí, cerrá una maldita idea, alguna vez. En definitiva, no hubo UNA RAZÓN, UNA CAUSA. Se fue dando. Yo también, inevitablemente, me terminé apegando a otra gente. Los extrañé siempre. Y todos los días quiero llamarlos, a ver cómo les va. Quizás lo haga, cuando me sobreponga.


Cuando logró serenarse, salió del consultorio y encontró a su hija jugando con el perro, todavía en el jardín. La invitó a que llamase a su hermano Lionel para una ronda de mates. Ese domingo le tocaba elegir al padre qué escuchar. Optó por La Renga, el disco homónimo, el de la estrella. Sonrió al ver la cara de sorpresa de sus hijos. En ese momento no tenían ninguna posibilidad de hacerlo cambiar de opinión. Iban a tener que soportar “esa música de viejos”.
No había nada que disfrutara más que esos ratos en familia. Y esa tarde supo qué ingrediente agregarle para que resultara más especial, al menos para él. Finalmente, resolvió contarles quiénes eran y qué pasó con esos dos jóvenes amigos de la foto amarillenta, que conserva encuadrada, y que luce como reliquia en su escritorio. 

domingo, febrero 21, 2010

Casi-miento

    
     Esa misma tarde, llegaba del norte. Después de un larguísimo viaje, un taxi me llevó desde la terminal hasta la casa de un viejo amigo. Mientras, a la fuerza, volvía a acostumbrarme al caos del tránsito en la ciudad y pensaba en el tantísimo tiempo que, inexplicablemente, hacía que no hablaba ni me veía con él. Tampoco sé por qué, cuando llegué, me resultó entendible que no estuviera para recibirme.
     Me vestí en su cuarto. Me miré al espejo y me tiré un beso. El traje me quedaba una pinturita. Y también, con semejante percha… pensé para mis adentros, latiguillo del que hago abuso para burlarme de mis defectos.

     Me saludé con quienes estaban en la casa, pidiéndoles que se apuraran, por favor, que llegarían tarde al acontecimiento. Volví a subirme al mismo auto, que me esperaba en la puerta, todavía con mis bolsos en el baúl. De allí, directo al salón.

     Quedé encantado al llegar. Era todo como lo había pedido antes de irme. A decir verdad, me había quedado un tanto inquieto por haber dejado todo en otras manos, sin poder supervisar nada sino hasta minutos antes. Pero decidí confiar en quienes quedaron a cargo. Y su respuesta fue impecable. El lugar era sencillito, con una decoración muy delicada, muy cálido, íntimo. Perfecto.

     Mi tío, que estaba supervisando todo lo que tenía que ver con las conexiones eléctricas, me ayudó a bajar las cosas y pagó el viaje. Estaba junto con mi primo Hernán, que se encargaría de la música. Fue él quien me bajó de un hondazo de la palmera en la que estaba subido imaginando cómo acontecería todo, tan solo un rato después:
     - Subí que ya llegó mucha gente, andá a saludar y haceme el entre con las chicas del fondo - me dijo, mientras me señalaba unas escaleras que llevaban rectamente a un primer piso.

     Cuando terminé de luchar, con mis bártulos a cuestas, contra los escalones, me encontré con una recepción atestada de comida, muy digna de una fiesta organizada por mi familia. Es increíble el problema que tienen siempre para calcular cantidades, salvo cuando mi señor padre toma el control de la parrilla. Pero, claramente, no era el caso. Fueron todas las mujeres de mi familia, acompañadas por mi hermano y mi amigo Walter, los que me recibieron. Estaban emocionados, me extrañaban. Hacía más de un mes que no nos veíamos y, encima, el reencuentro era en tamaña celebración. Que uno no se casa todos los días.

     - ¿Cómo te fue en Córdoba? - me preguntó Wally que, o ya estaba medio puesto o nunca se enteró de dónde volvía.
     - Vengo de Salta, boludo – le solté mientras nos abrazábamos un poco a modo de saludo y, otro tanto, movidos por la emoción del momento. Es fuerte ver a un amigo de la infancia más temprana, con quien se comparte toda una vida, asumir un compromiso tan importante. Se pierde a un compañero de aventuras. Estuve en ese lugar. Significa una mezcla de angustia y ansiedad; el duelo y la tristeza, por un lado, por ese cómplice que nos deja una etapa atrás, y la felicidad embargante por verlo crecer, por otro.

     - ¡Qué refuerzo de lujo para nuestro equipo, papá! – gritaba, obviamente, porque no maneja otro tono, el Negro, entrando atrás mío. Claramente, “nuestro equipo” quería decir el de los casados, que sigue engrosando sus filas peligrosamente para el resto de la banda que todavía no quiere dar el brazo a torcer.

     Mi vieja, abuelas, tías, primas, todas con ojos vidriosos. Tan mujeres son, las de mi familia. Las saludé, abracé, besé y les comenté brevemente de mis andanzas por el altiplano. Que Pucará, que salinas, que peñas, que litros de vino patero, que cerros de mil colores, cementerios indios, enero tilcareño, viñedos, cardones, charangos, hojas de coca, y demases yerbas.   
     - Ya les voy a contar mejor, cuando tengamos tiempo, mujeres. Me parece que es momento de atender algunos asunticos un tanto más importantes, ¿no creen? – les dije con una media sonrisa, amablemente, buscando su aceptación. Sabía que con eso solo me las compraba y, a la vez, me las sacaba de encima por un rato.

     Haciendo una panorámica por el resto del ambiente, bastante grande, por cierto, encontré por un rincón al grupo de mujeres de las que me había comentado mi primo, escaleras abajo. Seguramente son sus invitadas, pensé, mientras me daba cuenta de lo poco que sabía de su vida. Sin embargo, con misterio y todo, me encanta.
     Me presenté como “el novio”, obviamente. Sonaba muy extraño, porque nunca lo fui sino hasta esa día. Es que se había cumplido el plazo. El noviazgo más corto del que alguna vez tuve conocimiento porque, en minutos, pasaría a ser “el marido”. No puedo negar que, cada vez que lo pensaba fríamente, se me retorcían las tripas y se me cerraba completamente el pecho, del cagazo.

     Estaba sumido en uno de esos estados, transpirando frío, cuando alguien que no logro recordar me hizo notar la hora que era y que ella no llega. Llamala.

     Y yo, que estaba como quería hasta ese momento, me llené de dudas, de miedos, de incertidumbre.
Con lo colgada que es esta mina… ¿se acordará que hoy es el día? ¿Qué se cumple el tiempo estipulado? No tendríamos que haber hecho esto así, tan desorganizado. Mínimamente, deberíamos habernos hablado. Pasame mi celu que la llamo. Ahí, en el bolsillo de atrás de la mochila. ¿Cómo que no está? No me digas que se me cayó en el taxi. Me quiero morir muerto. ¿Vos decís que no se acuerda? Pero si fuimos claros hace 5 años. Y era 15 de febrero. “Si no nos establecemos con alguien en 5 años, nos casamos”. Hoy es 15 de febrero, ¿no? Entonces sí, es hoy.


Y ahí me despertó un portazo…¡por dió!

viernes, febrero 19, 2010

Lo qué?

Con uds, Tabaré Cardozo y una gran letra...






Cualquier semejanza con alguna realidad, prometo que es pura coincidencia.